miércoles, 10 de diciembre de 2014
martes, 9 de diciembre de 2014
AÑO NUEVO… CANCIONES DE SIEMPRE:"EL PENÚLTIMO GUATEQUE", UN RETAZO DE LA BIOGRAFÍA MUSICAL DE LOS 60
"LOS FABULOSOS"
Y UNA SELECCIÓN MUSICAL OFRECIDA POR "PINCHA DISCOS" DE SOLERA
Y UNA SELECCIÓN MUSICAL OFRECIDA POR "PINCHA DISCOS" DE SOLERA
La música, siempre dejan un poso en la vida de las
personas. Las canciones, van y vienen, y cuando la vorágine de las modas que
encadenan el ciclo evolutivo de la música, pasan a la retaguardia de los
recuerdos a la espera de salir del armario para volver a vestir ocasionalmente los
ambientes musicales, bien sea con su compostura original o pasadas por la
"tintorería" de nuevas versiones. Son las canciones perennes, que siempre están ahí.
Estos retornos son conocidos como "revivals"
y cada cierto tiempo asoman de los fondos de catálogo para convertirse en las
protagonistas, animando fiestas y reuniones para disfrute, no solo de
"jóvenes carrozas" sino de quienes por edad no tuvieron la posibilidad
de disfrutar con ellas.
A menudo los revival son inducidos y
promovidos por motivos de mercado, pues el motor sentimental que los revival saben
poner en marcha es siempre muy poderoso.
Ahora, que estamos en pleno apogeo de
los grupos tributo, ¿por qué no hacer uno
a la música de los guateques?. Pues ese es el proyecto de "El
Penúltimo Guateque" en el que un grupo, "Los Fabulosos" rendirá
el próximo 3 de enero del nuevo año, en el Garufa Culb de A Coruña, un homenaje a la música de los
años 60 y de sus "progenitores" de los años 50, donde también abundan
las canciones "prodigiosas".
La palabra “guateque",
era sinónimo de fiesta, una concentración de amigo y amigas en un lugar
determinado, donde pasar la tarde en armonía con la música marcando el
ambiente. Eran un especie de "discoteca móvil" con el
"pick-up" de maleta de un lado a otro, que en los 60 se convirtió en la actividad lúdica más importante de aquella
década en la que
la copla y la "recopla" daban paso a lo
que se dio en llamar "música joven" que traía aires musicales de
refresco con el rock´n´roll de bandera.
En los años 60 nacieron grupos
históricos, de aquí y allá y canciones que hoy son venerados sin distinción de
edades. "El Penúltimo Guateque" anuncia retazos de la biografía
musical de aquella época, imborrable, a pesar de las inclemencias del paso de
los años. Lo hará en directo con "Los Fabulosos" y una selección
musical ofrecida por "pincha discos" de solera en un programa
"apto para todos los públicos". Un año nuevo donde las "canciones
de siempre", la que no tiene fecha de caducidad, volverán a sonar para
refrescar la memoria.
El precio de la entrada es de 8 euros y 10 con reserva de
mesa.. Aforo limitado.
viernes, 5 de diciembre de 2014
BAILANDO -- OTRA VEZ--- LOS 50 “GUATEQUEROS”
RETAZOS AUTOBIOGRÁFICOS
"TIRANDO DEL FONDO DEL CATÁLOGO DE LOS RECUERDOS..."
En los años cincuenta la canción española derivó en forma arrolladora al llamado estilo moderno, que no es sino la adopción de ritmos nuevos originales de diferentes países extranjeros. Destacando la soberanía del folklore, que se mantuvo invicto en España durante más de cinco lustros, los contumaces de la canción ligera se entregaron al cultivo de una aberración musical impuesta por el gusto norteamericano, negroide, italiano, francés, inglés… que salvo contadas excepciones consiste en hermanar chillidos y manoteos a favor de un ritmo, donde los importante es que se preste al bailoteo antes de recrear el oído con una hermosa melodía.
Alvaro Retama: Historia de la canción española
Así estaba el patio musical español cuando los adolescentes coruñeses de mi generación empezamos a ir de guateque, en la segunda mitad de los años cincuenta. Los domingos por la mañana nos poníamos los trajes nuevos y niqueladosbailábamos al centro para hacer el recorrido de los vinos por los Olmos y La Estrella. Por la tarde, quedábamos con las chicas en los guateques caseros que se celebraban bajo la supervisión ocular de algún familiar. Nos poníamos morados, sí, pero de merendar. Hacer manitas era la gloria. Robar un beso, ¡lo máximo!
El tinglado musical estaba montado por los medios de difusión de la época hacia una sola dirección señalada por el rechazo de cualquier injerencia extranjerizante ajena al concepto de hispanidad. Y así andábamos mocitas y mocitos de entonces, hoy llamados adolescentes, ambientando el diario vivir con la banda sonora de boleros, cuplés, canciones mexicanas, algo de Glen Miller, un poco del cha–cha–chá del tren o del tranvía de Santa Marta, y la reconstituyente canción del Cola Cao que, en todo momento, velaba por nuestro desarrollo físico.
La música de la época era uni-generacional y lo que bailaban los padres, lo bailaban los hijos. No quedaba otra… aunque mejor sería decir que no teníamos otra para elegir. Eran momentos coyunturales en los que la copla y la recoplaconformaban nuestra folclórica realidad hasta que, con el recién nacido microsurco, se establecen en España nuevas compañías discográficas que traen aires musicales de refresco y empiezan a sonar en los primeros guateques canciones como Picolísima Serenata, Ricordate Marcelino, Torero cha-cha-cha, y cantantes y complessos italianos como Renato Carosone empiezan a incordiar la hegemonía de las figuras españolas de la época como Juanito Segarra, Antonio Machín o Jorge Sepúlveda, quien, al loro de lo nuevo, es de los primeros en versionar los éxitos italianos, aunque el éxito más popular le llegaría con la adaptación de la canción Sixteen Tons – Dieciséis Toneladas– del norteamericanoTenesse Ernie Ford. Es entonces cuando los jóvenes de aquel entonces sufrimos un encontronazo con una música ajena a nuestros usos y costumbres. Le llamaban rock´n´roll.
LA TRANSICIÓN: ¡AWOPBOPALOOBOP…!

Espabilados por el despertador del Rock around the clock, le hicimos –aunque fuera a codazos – un hueco a los discos de Bill Haley y Elvis Presley. Con ellos compartimos guateques en las tandas de las rápidas junto con los verbeneros ritmos del mambo, el merengue apambichao y el En Formade Glenn Miller.
Una transición musical que me cogió en pantalones cortos. Andaba yo por los trece años cuando, después de refregar a conciencia, con unto o tocino, la cara y las extremidades inferiores para que la pelusa cogiera cuerpo y se convirtiera en erecto cañoto capilar como signo externo de hombría, decidí ponerme de largo. Era lo que me faltaba para ser un hombre. Ya me afeitaba y después de dar una achicada al pitillo era capaz de decir "el hombre que sabe fumar echa el humo después de hablar". Tenía fachada y sólo me faltaba el pantalón largo para ser un hombrecito y poder colarme en los cines para ver las películas autorizadas para mayores.
Así que, decidido, solicité a mí madre cambio de formato en las perneras y me encontré con la sorpresa de que tenía que pasar por una etapa de transición marcada por las costumbres: ponerme pantalón bombacho. Me negué en redondo y lo que conseguí fue un pantalón para ir as medras confeccionado en la Sastrería David de la calle Real. Es decir, con un palmo de largo por debajo de las rodillas –lo que hoy se conoce como bermudas –. Lo lucí a regañadientes una buena temporada hasta que llegó mi ansiada puesta de largo.
“HUYENDO DEL BOMBACHO”: JEANS ON THE ROCK
Además del traje de los domingos, la estrella del vestuario básico de mis 14 ó 15 años eran los jerseys caseros, hechos a golpe de calceta –y en cuya confección participara, siempre resignado, a la hora de hacer los ovillos de lana – y los pantalones vaqueros, símbolos del rock and roll, por los que tuve un conflicto familiar.
Tras mucho insistir, mi madre acabó claudicando ante mis rogativas y me compró un pantalón vaquero… pero, no me sentaba bien. La realidad era que estaban nuevos, no eran ajustados, ni tenían rodilleras y culeras blanqueadas por el uso, como lucían los jóvenes americanos en las películas. Alguien de la pandilla me dio la solución de cómo envejecer el pantalón vaquero por la vía rápida, y me puse manos a la obra…Me fui a las rocas de Riazor y me metí en una poza con agua del mar con los pantalones puestos. Posteriormente, y sin sacarlos, los tenía que secar al sol mientras frotaba enérgicamente rodillas y culera contra las rocas. En esas estaba cuando la hora de comer se me echó encima y tuve que irme a casa con los pantalones a medio secar y hechos girones.
Al abrirme la puerta mi madre se santiguó ante la visión… Allí estaba yo con el pantalón vaquero empapado y laszonas de fricción rocosa –rodillas, culo y perneras – maltrechas por el ímpetu dado a la acción de desgaste. Dicho de otra manera: había salido de casa horas antes con un pantalón nuevo del trinque y regresaba con un pantalón que, más que usado, estaba roto.
La desfeita me acarreó un castigo de reclusión domiciliaria durante un par de semanas que, por buena conducta, quedó reducido a tres o cuatro días. Cuando salí a la calle, lo hice presumiendo de mi pantalón vaquero nuevo, no sin escuchar tras de mi las voces adultas que recriminaban mi vestimenta con la frase de …”a dónde vas con esa pinta… pareces un pordiosero”. Y yo, tan contento.
Tuve que sufrir la incomprensión de los mayores, nada predispuestos a la innovación estética, por querer lucir rápidamente unos pantalones vaqueros gastados. No fue la única vez, ya que volví a experimentar el desgaste rápido con los siguientes vaqueros, a base de lejía, hasta que en el Rastro madrileño me compré unos jeans made in USA de segunda mano que, complementado con chupa de cuero, colmaron mis ansias estéticas rockanrroleras.
Hoy ya salen los pantalones rotos y usados de fábrica. Cuanto más destrozados, más caros. Es la moda. Quien me iba a decir que los pantalones línea Cantinflas, con la cintura por debajo de las caderas, de los que tanto nos reíamos jóvenes y mayores, hoy son vestimenta preferida de la juventud.
EN 1965 LOS BEATLES ACTUARON POR PRIMERA VEZ EN ESPAÑA,FUE EN MADRID EL 2 DE JULIO, EN LA PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS, Y YO ESTUVE ALLÍ
¡LLEGAN LOS BEATLES!...Y FUI A VERLOS
“QUÉ TARDE LA DE AQUEL DÍA” : LA PRIMERA VEZ...
Madrid, 2 de julio de 1965
http://youtu.be/x0lOv19tUCk
.
Para todo hay una primera vez, un inicio, que solemos inmortalizar a la hora de repasar el listado de los recuerdos, recuperando aquella primera ocasión con más facilidad al estar cargada de más emociones que los recuerdos neutrales. Son recuerdos que hemos guardado en forma más profunda en nuestro cerebro y recordados por más tiempo.
Más allá del impacto que la primera vez tiene entre nosotros, lo que verdaderamente lo fija en la memoria es posiblemente otra cosa: el esfuerzo por conseguir algo, el trabajo que invertimos en el logro de algo.
¿De verdad nos marca tanto la primera vez? La primera experiencia puede ser importante, pero no tiene necesariamente por qué ser determinante en la persona. De mayor relevancia es otra cuestión: en qué condiciones y circunstancias ocurre esa primera vez.
La mía tuvo lugar en Madrid a la edad de 22 años, el 2 de julio de 1965 y lo hice pagando 300 pesetas. Antes, había tenido varios escarceos, en A Coruña y en Madrid, pero nada tan imponente como lo sucedido ese día y que, por su magnitud me mantuvo en fechas previas en un alterado estado emocional, hasta conseguirlo. Una premiere estelar que recuerdo con nostalgia y ciertas dosis de fervor a pesar del semigatillazo anímico proporcionado por el evento.
Fue en la madrileña Plaza de Toros de las Ventas donde, acompañado por 2.500 personas, aproximadamente, lo hice por primera vez: asistir a un concierto de categoría mundial, con la ilusión de un debutante en estas lides, viendo y escuchando en directo a The Beatles.
“Beatlemanía” a la española
En 1962, el rostro victoriano de Gran Bretaña empieza a mostrar un gesto distinto, anticonvencional, melenudo y popular, con el nacimiento de un conjunto musical diferente: The Beatles. En España (salvando, claro está, las distancias y los matices) se vivía a comienzos de la década de los años 60 una etapa de prosperidad, con signos externos (había la posibilidad de comprar, aunque fuera a plazos, un flamante seiscientos) que contribuían a hacer más patente la situación de bienestar. Unas circunstancias políticas que sirvieron para alimentar el ardor del fuego de la música pop y que permitieron, aunque fuera a trancas y barrancas, la posibilidad de que los jóvenes tuviéramos la oportunidad de escoger nuestra música.
En esta situación llegan a España las primeras noticias de la aparición de The Beatles, con unas fotografías que, de inmediato, provocan conservadoras carcajadas de la mayor parte de los columnistas de la prensa española. La indumentaria, el flequillo y el ritmo de sus canciones son motivo de bromas descalificadoras. Se les llama ye-yés, melenudos, y en función a la traducción literal de su nombre, escarabajos. La mayoría de los profesionales de la radio de entonces, en sintonía con la prensa, los califican como de “moda pasajera”. La sociedad adulta española se retuerce contra el bullicio musical levantado por aquellos chavales de Liverpool que, con sus gestos, anunciaban el comienzo de una revolución de las formas sociales.
Al tiempo que los mayores redoblaban sus ataques contra aquella música ruidosa, los jóvenes españoles asumíamos su forma de expresión y ratificábamos, eso sí, con la boca pequeña, la existencia legítima de una música representativa de nuestros mundo particular. Poco a poco, la beatlemanía va saliendo a la calle y, con ella, parte de la juventud española asume un nuevo comportamiento que se transforma en signos externos: el pelo y la vestimenta.
Heterodoxo musical
Una vez alguien me llamó heterodoxo musical exquisito y, a bote pronto, lo consideré un insulto por creer que me llamaba otra cosa. Tuvo su gracia, ya que mi interlocutor me había calado de inmediato, tras una prolongada tertulia en la que había tocado diferentes palos musicales.
Este virus de la heterodoxia lo pillé en mis años mozos, a comienzos de los 60, inoculándome gérmenes del pop británico que empezaban a infectar a medio mundo: Dave Clark Five, Rolling Stones, Billy J. Kramer & The Dakotas, Animals, Searchers, Kinks, Herman´s Hermitis, Beatles… También contagiándome, a la vez, con un sonido nacido en Detroit, que se autodefinía como “el sonido de la joven América” y alteraba los biorritmos juveniles de los que tenían la oportunidad de escucharla entonces. También era un adicto al blues,al rythm and blues y al soul, adentrándome tímidamente, empujado por estas corrientes musicales, en el jazz.
La España musical de 1964
Uno año antes de la llegada de The Beatles a España los de Liverpool arrasaban en todo el mundo y ejercían una dictadura musical internacional acaparando en tan solo un año cinco primeros puestos de las listas de singles y tres de álbumes. Un pleno total. Incluso habían logrado colocar el single Love me do, que había llegado al número 17 de las listas británicas, en el número uno de las norteamericanas.
Mientras esto sucedía, Los Pekenikes lograban el primer éxito instrumental español. Lo hacían por casualidad, a instancias de Junior, que les aconsejó introducir en su repertorio algún tema instrumental. Lo era Los cuatro muleros, hecho al estilo de formaciones extranjeras como The Shadows, cuyo tema Apacheera pieza obligada para cualquier grupo que se preciara de tocar bien.
En ese año nacen Los Brincos y muere el Circo Price madrileño (que se había convertido en la catedral de la joven música española, después de dos años de festivales) a causa de un demoledor ataque gubernamental. Cuenta José Ramón Pardo que el cierre fue provocado por el diario madrileño Pueblo, que llevaba una larga temporada desprestigiando a los asistentes a las sesiones matinales –entre los que me encontraba– diciendo que no eran “ni estudiantes, ni obreros”. Al final quienes realmente movían los hilos consiguieron que Pueblo –con continuos ataques a través de noticias como “algunos grupos de jóvenes, envenados por el ritmo a la salida del concierto, cometieron desmanes y fechorías”– impulsara la suspensión, por orden gubernamental, y para evitar males mayores de los Festivales del Price.
La bomba: ¡Los Beatles en carne y hueso!
Así estaba el patio cuando explota la noticia de que Los Beatles vienen a actuar a España. Para preparar el ambiente se editan los singles Twist and shout, She loves you y Roll over Beethoven…. ¡Menuda bomba! Los Beatles llegaban a España dispuestos a tocar ante un público que asistía al mundo del pop como ante un espejismo en medio de un páramo. Aquí no venía nadie a tocar y se hablaba de ellos como si fueran el terror mismo para la juventud.
Yo quería ir al concierto, a pesar de mis minusvalías financieras y del ambiente hostil que se había montado en torno a él con informaciones de cariz disuasorio, aparecidas en prensa, radio y No-Do, que trataban de restar importancia a visita de los escarabajos. Una campaña de descrédito en la que se hablaba de posibles desórdenes públicos en Barajas a la llegada de Los Beatles y de fuertes medidas policiales para mantener en orden las incontroladas acciones de los jóvenes que asistieran al concierto. Una campaña que dio sus resultados, ya que muchas fans desistieron de ir a recibirlos al aeropuerto a pesar de que se habían habilitado autobuses para tal efecto.
Aquellas alarmantes noticias echaban por el suelo la estrategia que un grupo de amigos asiduos del Price habíamos estudiado para poder colarnos sin pagar en la Plaza de Toros al considerar que la vigilancia tapaba los resquicios por creíamos poder burlar a los porteros. Así que bajamos de la carrilana que nos llevó desde la Puerta del Sol hasta las inmediaciones de las Ventas, que estaban atestadas de gente, y de grises a pie y a caballo, pertrechados para disolver una multitudinaria manifestación.
Un poco acongojados por la magnitud del despliegue policial nos dirigimos hacia las taquillas comentando sobre la localidad a comprar. En estas que se nos viene encima una carga policial y... pies para que os quiero. Los míos me llevan, no sin hacer gestos de que iba a comprar la entrada a un policía montado que se acercaba, amenazadoramente, hacia la cola de las taquillas. En la desbandada general había perdido a mis compañeros de concierto y ni corto ni perezoso pido una de segundo bloque de sillas por la que pago 300 pesetas –el precio de las entradas iba desde las 75 a las 450 pesetas–.
Cuando faltaba media hora para que comenzara el concierto el aspecto de la plaza era desolador. En realidad la plaza estaba medio vacía, o medio llena, y había mucho más público fuera que en el interior de la misma. En mi hilera de sillas estaban cinco personas, aunque alejadas de mi silla, y me encontraba un poco raro, perdido, solo sin poder charlar con nadie. Miraba a mí alrededor y a las gradas medio vacías buscando al resto de mis acompañantes para recuperarlos, pero no los localicé. Se notaba en el público que estábamos poco duchos en los conciertos en grandes lugares.
La llegada de mis vecinos de silla, una pareja que había venido desde Medina del Campo y que como yo estaban sorprendidos por la poca gente que estaba dentro, alivia la espera con una conversación en torno a la grandiosidad de los amplificadores Vox colocados sobre un escenario espartano.
Con Torrebruno –el amigo de los niños– como presentador, empiezan a desfilar los teloneros. ¡Y vaya desfile!... El primero en aparecer es un cantante llamado Michel, que consume su actuación ante la indiferencia del público. Le siguen Juan Cano, Los Rustiks, Beat Chicks y Modern Four. Cuando aparecen Los Pekenikes el ambiente empieza a bullir, escuchándose, a manera de ensayo, las primeras corales histéricas de las fans afinando sus gritos. Su actuación fue el prólogo de la llegada de los Beatles al escenario. Llegada que sale a anunciar el inefable Torrebruno –metro y pico de simpatía y estatura– ante el griterío de buena parte de las aproximadamente 2.500 personas que estábamos salpicando las sillas y gradas de Las Ventas –a los dos días, en Barcelona asistieron 18.000–.
Vestidos de negro, imitando cuando podían las poses flamencas más tópicas, aparecen Ringo, Paul, George y John (con sombrero cordobés). Tuve la sensación de estar viviendo un sueño. No me podía creer que estuvieran allí, delante de ellos, cantando “C´mon, c´mon, c´mon baby”... ¡Twist and shout!, que fue la primera canción. Pero era cierto, a pesar del sonido muy deficiente y de que las canciones se percibieran más que escucharse entre el griterío del público, poco, pero muy chillón. Tocaron doce canciones, entre ellas She´s a woman, Love me do, Can´t buy me love, I feel fine, Hard day night, Ticket to ride, y se despidieron conLong tall Sally.
Un caché de un millón y medio de pesetas
De los de entonces… Esa fue la cifra que cobraron los Beatles, según lo publicado por la prensa por un miniconcierto de 35 minutos de duración. Al término del mismo, las valoraciones de los asistentes fluctuaban desde el entusiasmo y la desilusión. Personalmente, no me habían tocado la fibra del entusiasmo, ya que en mi fuero interno esperaba más… otra cosa.
Ahora, con el paso del tiempo, aquella pobreza de sonido y mi parcial desilusión han sido borrados del disco duro de mi memoria y sólo queda el recuerdo de haber estado en el primer concierto de los Beatles en España, que, a la vez, fue mi estreno a nivel internacional. Y la primera vez siempre se inmortaliza.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



