martes, 8 de octubre de 2013

VAN MORRISON.:UN CONCIERTO SIN GLORIA



Van Morrsion  y Linda Gail Lewis, revisan temas clásicos del blues y del rythm ´n´ blues de corte sureño



La visita a la ciudad del irlandés Van Morrison estaba pendiente desde hacía varios años. En numerosas ocasiones salió a la palestra la posibilidad de que este genio de la música actuara en La Coruña, y en otras tantas, por pitos y flautas circunstanciales, y el temperamento caprichoso del artista, nos habíamos quedado con las ganas de echárnoslo al oído en directo.
Que se lo pregunten a Enrique Pena, que andaba con la caña de pescar puesta para que Van Morrison viniera a actuar al Palacio de la Ópera, hasta que al final lo pescó y lo trajo al Coliseo, ya que la pecera del recinto operístico se quedaba pequeña para el interés que había provocado su ya confirmado concierto coruñés.

Como todo genio de la música, Van Morrison, El León de Belfast, tiene una leyenda que en su caso lo presenta, en lo personal, como tirano, caprichoso, cascarrabias, borde... De ahí la preocupación que padecen los que lo contratan, que no tranquilizan su espíritu hasta que abandona el escenario.

Volviendo al día de autos –7 de octubre de 2000–, Van Morrison llegó al Coliseo, que lucía entrada de gala –la ocasión lo merecía – en compañía de Linda Gail Lewis, hermana del legendario Jerry Lee Lewis, uno de los pioneros del rock and roll, al que apodaban The Killer (El Asesino) por la forma endiablada y frenética con la que tocaba su piano. En A Coruña lo recordamos por las patadas que arreó a un cámara de televisión para que no lo grabase, patadas visionadas en directo por 30.000 personas en el Estadio Municipal de Riazor durante El Concierto de los 1.000 años.

Ambos, Van y Linda, venían para presentar el álbum You win again, en el que revisaban temas clásicos del blues y del rythm ´n´ blues de corte sureño como Let's talk about us, You win again, Jambalaya, Crazy arms, Old black Joe, Think twice before you go, No way Pedro, A shot of rhythm & blues, Real gone lover, Why don't you love me, Cadillac, Baby, you got what it takes o Boogie chillen.

Todos esperábamos algo más, como era escuchar sus clásicos Gloria, Brown eyed girl, The bright side of the road o Wild night, aún sabiendo que a este señor no le gusta mucho interpretar temas antiguos y sus seguidores, al final de los conciertos, se lamentan de que en muchos casos sus actuaciones se limiten a desgranar su último álbum, desarrollando los temas por el mismo orden que aparecen en el disco. Una constancia adquirida a través de mi buen amigo, el siempre recordado Víctor Villegas, que como ex jefe de promoción de la compañía Philips, en la que grabó Morrison, conocía sus rarezas. También las tuvo que aguantar siendo director gerente del Palacio de Congresos de Murcia, donde actuó en varias ocasiones este irlandés errante.

Ni hola, ni adiós
La media de edad del público que en buen número asistió al concierto no era proclive a los excesos juvenícolas, y sí para hacer largas colas en las barras para conseguir avituallamiento. Con puntualidad irlandesa, cuando el reloj marcaba las diez en punto de la noche, un austero escenario acogió la banda de country rock de Gales del Sur, reforzada para la ocasión por el saxo Leo Green, que a lo largo del concierto desestabilizó el ambiente rasgando los temas con solos rompedores. Guitarras al galope, tocando lo que se llama en el argot country ritmo de vapuleo, el concierto entró por las llanuras de rockabilly mientras el público se mantenía expectante, aunque remiso, a subirse a las grupas de una música briosa.

Con Linda Gail Lewis en el escenario, subió el tono. El ritmo enérgico de esta dama del country, que zurró las teclas con algún que otro puñetazo el estilo de su hermano Jerry Lee, calentó la olla, que se puso a hervir con la aparición de Van Morrison que, hermético y distante con el público, empezó a presentar junto a Linda los temas del disco, incrustando algunos de sus clásicos como Jackie Wilson said o el Brown eyed girl. Cuando el público esperaba más, Morrison, que no había dicho ni hola, se marchó del escenario, también con exquisita puntualidad irlandesa, sin decir adiós, dejando a la banda tocando. No hubo bises.

Fue una espantá sin retorno, en toda regla, que a más de uno cogió con el vaso de cerveza lleno. Lo que para muchos prometía ser el concierto del siglo se quedó más plano de lo esperado y pasó sin la satisfacción de escuchar Gloria. Borde, sí, pero a pesar de todos los pesares Van Morrison mostró parte de su alma, que es mucha alma.