lunes, 27 de enero de 2014

LA "SIMPATIA" DE TOM JONES Y LA "ANTIPATÍA" DE ROBERTO CARLOS


EL "TIGRE" NO "MORDIÓ " Y  EL "GATO" ESTUVO "TRISTE Y AZUL"





Todo hay que decirlo: el concierto que Tom Jones dió en el Pabellón de Deportes coruñés, pasó sin apenas "gloria" alguna. Tal vez por qué el "tigre", que durante la década de los 60 había marcado paquete en las listas de éxito de todo el mundo, andaba en sus horas bajas de popularidad en el panorama musical europeo por haber trasladado su domicilio artístico a Las Vegas, donde era una de las grandes atracciones.

Corría el año 1975 cuando el empresario vigués Alejandro Figueroa -- por entonces propietario de la sala Nova Olimpia de Vigo -- ponía en marcha el proyecto crear en Galicia un circuito de conciertos de estrellas de la canción  de renombre internacional con cabecera en A Coruña y Vigo. Un proyecto muy ambicioso -- en el que colaboré --  que, al no ser correspondido con los favores del público de A Coruña en los conciertos  de Demis Roussos y Tom Jones  se encogió quedando circunscrito a sala de su propiedad en la ciudad olívica.

No llegaban a 3.000 las personas que acudieron a presenciar la actuación del "varonil" cantante galés, de voz poderosa y físico apolíneo, que se subió al escenario rodeado de una gran orquesta formada por la flor y nata de  los músicos de estudio madrileños. Una maravilla. Durante hora y media Tom Jones ofreció al público lo más conocido de su repertorio, desde "It´s not inusual" hasta "Delilah", pasando por "Green green grass of home". 

Al acabar el concierto, había quedado con Alejandro Figueroa para poder acceder al artista y entrevistarlo en los camerinos, pero, los planes sufrieron un cambio de última hora ya que, en la sala del palco de autoridades, el entrañable Quiquín Gimaraens, director del Pabellón de Deportes, había montado una pequeña  recepción al artista con asistencia de destacados personajes de la vida social y política de la ciudad. Me uní, junto a Alejandro a el "ágape" , saludando a Tom Jones e intentando que me concediera unos minutos para atender a mis preguntas. " No problem" , asintió el artista, que continuamente era asediado por los invitados al acto para firmar autógrafos o simplemente estrechar manos, mostrándose de lo más asequible y risueño. Solo su hijo, convertido en "guardaespaldas"  ponía  "cara de palo" ante el buen rollo que se vivía en la sala. 

Tom Jones era todo simpatía. Amable, sonriente, lo llevaban de un lado para otro sin que apareciera en él un mal gesto, mientras yo veía como se me escapaba la posibilidad de hacer un aparte para la entrevista. En un par de ocasiones, se cruzaron nuestras miradas, lo que aproveché para, a través de gestos, indicarle que estaba a la espera de que me atendiera. Cuando por fin consigo intercambiar con él, con ayuda de traductor, unas palabras, aparece en escena una mole humana -- su hijo -- que lo coge con fuerza del brazo y lo arrastra literalmente hacia la salida. Con cara de circunstancias, y sin perder el gesto amable,  se encoge de brazos escenificando un ademán que entiendo como un "¡ qué le vamos hacer!". 

Me despido de él a distancia y me quedó con la entrevista a la mitad y la imagen de un buen tipo, al que el éxito y la fama no habían deteriorado su "imagen" humana. Una imagen que, unida a sus cualidades artísticas,  le ha ayudado sin duda a mantenerse "joven" en el "choubisnes" internacional donde permanece en activo y en el que, de vez en cuando consigue auparse al número uno con temas como "Sex Boom", o protagonizando los cíclicos revivals que recuerdan sus grandes éxitos de los años 60.

LA "FOTOFOBÍA" DE ROBERTO CARLOS

El cantante brasileño actuó en A Coruña, cuando el "Gato" andaba medio chungo, "triste y azúl". Vía compañía discográfica conseguí pactar una entrevista con el ídolo de la canción romántica, después de la prueba de sonido en el Pabellón de Deportes, y una hora antes de empezar su actuación.

De su trayectoria artística, conocía que había empezado su carrera como componente de un grupo de rock and roll brasileño y poco más. Su éxito rotundo como ídolo de la canción romántica, "tapaba" sus antecedentes que, por otra parte estaban rodeados de cierto misterio, en lo tocante a su vida privada. Se rumoreaba que, por causa de un grave accidente de tráfico, tenía una pierna ortopédica y un "ojo de cristal", minusvalías que él intentaba disimular en sus conciertos, en los que se mantenía estático encima del escenario, casi siempre agarrado al pié de micro que utilizaba como apoyo.

A la hora convenida para la entrevista llegó al Pabellón. La prueba de sonido ya había terminado por lo que me encamino a los camerinos y los encuentro cerrados. Llamó, y entre abre la puerta un señor al que me presento y pongo en antecedentes de mi presencia, nombrando al jefe de promoción de la C.B.S. En vez de franquearme la entrada, sale cerrando la puerta tras él y se disculpa diciéndome que la entrevista es imposible: " El artista está descansando y no concede entrevistas". A mayores, pone como pretexto el que no había concedido otra entrevista solicitada  un compañero de la prensa madrileña, y que no iba a ser yo la excepción.

Ante esta perspectiva, decido marcharme no sin antes dejando caer en la despedida, el envío de recuerdos para Roberto Carlos de Fernando Muñóz, el director general de la C.B.S en España. Palabras mágicas. " ¿Conoces a Fernando Muñoz", se interesa el manager. Le respondo que sí, y que había hablado con él hacía unos días para  decirle que Roberto Carlos actuaba en A Coruña y que él  le mandaba recuerdos. ¡ Ábrete Sésamo!." Espera un momento", me dice el manager,  al tiempo que entra en el camerino. Sale al poco tiempo para decirme que en quince minutos me recibiría Roberto Carlos. 

Me voy a buscar al fotógrafo que estaba a la espera de mis noticias y con el acudo de nuevo a camerinos., donde estaba Roberto Carlos hablando con los músicos del grupo. El manager me presenta y comienzo la entrevista al "aire", por qué apenas me presta atención. Era una situación embarazosa, en la que yo preguntaba y él respondía con monosílabos -- "sí", "no" -. Apenas se dignaba a mirarme  y alternaba sus escuetas respuestas con instrucciones de última hora al grupo, sin sacar "ojo" del fotógrafo.

¡ Menudo sieso!, pienso. Agradezco su "amabilidad" y en vista de los derroteros por los que discurre la entrevista, me despido con un "no quiero robarle más tiempo" y solicito permiso para hacerme una foto a su lado. ¡ No!, responde airado,... ¡ fotos , no!. Y con la misma me da la espalda y se marcha. Hago un penúltimo intento con el manager al que le digo que las fotos no son para publicar si no como recuerdo personal con lo que no consígo ninguna respuesta y sí que el manager me indique la salida y me acompañe hasta la puerta.


En mi colección, no tengo ninguna foto con Roberto Carlos, pero sí, guardo la instantánea de su antipatía y su "fotofobia". Posiblemente, ese día, no fuera su día.