viernes, 15 de abril de 2016

"ABUELITO DIME TÚ…" LA TRANSICCION MUSICAL ME COGIÓ EN PANTALÓN CORTO







Espabilados por el despertador del Rock Around the Clock, los jóvenes en la edad del pavo, en la segunda mitad de los años 50, hoy conocida como adolescencia le hicimos –aunque fuera a codazos– un hueco a los discos de Bill Haley y Elvis Presley. Con ellos compartimos guateques en las tandas de las rápidas junto con los verbeneros ritmos del mambo, el Merengue Apambichao y el En Forma de Glenn Miller

Una transición musical que me cogió en pantalones cortos. Andaba yo por los trece años cuando, después de refregar a conciencia, con unto o tocino, la cara y las extremidades inferiores para que la pelusa cogiera cuerpo y se convirtiera en erecto cañoto capilar como signo externo de hombría, decidí ponerme de largo. 

Era lo que me faltaba para ser un hombre. Ya me afeitaba y después de dar una achicada al pitillo era capaz de decir el hombre que sabe fumar echa el humo después de hablar. Tenía fachada y sólo me faltaba el pantalón largo para ser un hombrecito y poder colarme en los cines para ver las películas autorizadas para mayores.

Así que, decidido, solicité a mi madre el cambio de formato en las perneras y me encontré con la sorpresa de que tenía que pasar por una etapa de transición marcada por las costumbres: ponerme pantalón bombacho. 

Me negué en redondo y lo que conseguí fue un pantalón para ir as medras confeccionado en la Sastrería David de la calle Real. Es decir, con un palmo de largo por debajo de las rodillas –lo que hoy se conoce como bermudas–. Lo lucí a regañadientes una buena temporada hasta que llegó mi ansiada puesta de largo.

“HUYENDO DEL BOMBACHO” LLEGUÉ A LOS "JEANS ON THE ROCKS"(vaqueros en las rocas)

Además del traje de los domingos, la estrella del vestuario básico de mis 14 ó 15 años eran los jerseys caseros, hechos a golpe de calceta –y en cuya confección participara, siempre resignado, a la hora de hacer los ovillos de lana– y los pantalones vaqueros, símbolos del rock and roll, por los que tuve un conflicto familiar.

Tras mucho insistir, mi madre acabó claudicando ante mis rogativas y me compró un pantalón vaquero… pero, no me sentaba bien. 

La realidad era que estaban nuevos, no eran ajustados, ni tenían rodilleras y culeras blanqueadas por el uso, como lucían los jóvenes americanos en las películas. Alguien de la pandilla me dio la solución de cómo envejecer  el pantalón vaquero por la vía rápida, y me puse manos a la obra…

Me fui a las rocas de la playa de Riazor y me metí en una poza con agua del mar con los pantalones puestos. Allí estuve unas horas a remojo. 

Posteriormente, y sin sacarlos, lo tenía que secar al sol mientras frotaba enérgicamente la zona de las rodillas y las nalgas contra las rocas. En esas estaba cuando la hora de comer se me echó encima y tuve que irme a casa. Al abrirme la puerta mi madre se santiguó ante la visión…

Allí estaba yo con el pantalón vaquero empapado y las zonas de fricción rocosa    –rodillas, culo y perneras– maltrechas por el ímpetu impreso a la acción de desgaste. Dicho de otra manera: había salido de casa horas antes con un pantalón nuevo del trinque y regresaba con un pantalón que, más que usado, estaba roto.

La desfeita me acarreó un castigo de reclusión domiciliaria durante un par de semanas que, por buena conducta, quedó reducido a tres o cuatro días. Cuando salí a la calle, lo hice presumiendo de mi pantalón vaquero nuevo, no sin escuchar las voces adultas que recriminaban mi vestimenta con la frase  de …a dónde vas con esa pinta… pareces un pordiosero. Y yo, tan contento.

Tuve que sufrir la incomprensión de los mayores, nada predispuestos a la innovación estética, por querer lucir rápidamente unos pantalones vaqueros gastados. 

No fue la única vez, ya que volví a experimentar el desgaste rápido con los siguientes vaqueros, a base de lejía, hasta que en el Rastro madrileño me compré unos jeans made in USA de segunda mano que,  complementado con chupa de cuero, colmaron mis ansias  estéticas rockanrroleras..

Hoy ya salen los pantalones rotos y usados de fábrica. Los tiempos han cambiado.