miércoles, 7 de mayo de 2014

1979 :REGRESO DE THE WHO CON CONCIERTO DE ROCK EN WEMBLEY Y DE POSTRE JAZZ QUE TE CRIÓ...

                                  SIETE HORAS DE ROCK EN WEMBLEY

 "Festival Who And Roar Friends": The Who  en compañía de Nils Lofgren, The Stranglers y y AC/DC.




En 1978 los Who grababan The Kids Are Alright, un documental sobre su historia, que incluía, entre otras cosas, imágenes de sus presentaciones en vivo. Veinte días después del lanzamiento del álbum del mismo nombre, el 7 de septiembre, fallecía a causa de una sobredosis de somníferos, Keith Moon, virtuoso batería que, junto a Pete Townshend --primero en romper su guitarra contra los amplificadores--, protagonizaba la demente puesta en escena que caracterizaba al grupo rompiendo sus instrumentos al final de cada concierto.
Tras un espacio de tiempo en el que circuló el rumor de que la legendaria banda de rock desaparecería de la escena tocada por la muerte de uno de sus más carismáticos componentes, se anuncia el regreso de los Who, que volvían a la vida musical con Kenney Jones, ex-miembro de The Small Faces y The Faces, a la batería. La fecha señalada para la  esperada reaparición de los Who fue la del 25 de agosto de 1979 en el hoy desaparecido Wembley Stadium de Londres, dentro del Festival Who And Roar Friends y en compañía de Nils Lofgren, The Stranglers y AC/DC.
Para asistir a  la resurrección  del grupo mod por antonomasia, su compañía de discos, Polygram, habia preparado, una excursión a Londres de varios comentaristas musicales españoles con un  calendario de actos muiscales de lo más atractivo. Dos días en la capital del Guayonuní, !five points!  dedicados a a visionar, de entrada, las películas Quadrofenia, Tommy y el documental The Kids Are Alright, para rematar la estancia londinense con la asistencia al concierto del regreso de quienes, en sus años mozos, habían acuñado la famosa frase Más vale muertos que viejos, definiendo un nuevo tipo de actitud rock, primitiva y devastadora.
Sesión continua
La expedición española llegó al aeropuerto de Heatrow, desde donde en autocar nos desplazamos al hotel que estaba en Regent Street, muy cerca de Picadilly. Durante el trayecto, Manolo Lombao (cuando escribo estas líneas es el director del Instituto Cervantes de Brasilia (Brasil) y con anterioridad director de RNE en Galicia, director del Centro Territorial de TVE y Director Área Centros Territoriales de TVE) y yo estuvimos conversando sobre como participar en la creación de Ruada, la que sería la primera casa de discos gallega, adquiriendo un paquete de acciones testimonial.
Sin apenas tiempo para deshacer el equipaje, el jefe de la expedición, Saúl Tagarro, ejecutivo de Polygram, nos cita en el hall del hotel para empezar la sesión continua cinematográfica, con tres sesiones especiales que realzaban el evento del regreso de esta banda que había impuesto el concepto de ópera rock con sus  películas Tommy y Quadrofenia.
La verdad es que al llegar la noche todos chorreábamos música de los Who y decidimos secarnos, por grupos, en las pubs londinenses para estar a punto de plancha en la jornada siguiente. Apenas habíamos comido, por desajustes con el horario inglés e intentábamos encontrar algún restaurante español o italiano, con horario latino, donde poder restaurar nuestras necesidades gastronómicas.  Nuestro grupo, encabezado por Parejo, jefe  de promoción de Polygram, se perdió por estrechas calles próximas a Regent Street, cerca del hotel, en busca de alimento. De repente, un letrero nos indica que estamos en Vigo Street..."Cómo sois los gallegos, estáis en todas partes!",  bromea Parejo. "Cómo tiene que ser!", ratifico con énfasis. Seguimos andando y, a pocos metros, nos damos de bruces con un letrero luminoso donde se leía: Maison Coruña… ¡Manda carallo!
El hallazgo provoca en el grupo el consiguiente jolgorio. Había que entrar, había que conocer el ambiente  coruñés  de la calle Vigo, en la ciudad de Londres. !Faltaría más!... Y entramos  en lo que era un  music-hall, escorado hacia cabaret, donde, además de picar algo de comer, se podían echar unos dancings y ver las atracciones tipycal spanish de un programa cargado de rumbas. Justo lo que necesitábamos para aligerar el atracón cinematográfico de los Who.
La noche iba de sorpresas. A punto de sorber un plato de spaghettis, una presentadora con mucha pechonalidad anuncia el número estrella de la noche a cargo del rey de la copla española. Me quedo con la boca abierta y los spaghettis colgando al ver sobre el escenario a Pepe Marqués, muy conocido en los ambientes, y no solo musicales, de A Coruña. Saludos, presentaciones y entre pitos y flautas –más flautas que pitos–, risas y cervezas amanecía cuando salíamos del local .
Tras dormir escasamente tres horas y darnos un garbeo por las streets londinenses, nos pertrechamos para asistir al macro-concierto de Wembley que estaba anunciado para las 3 de la tarde. Cogimos el autocar en Picadilly  y tardamos casi dos horas en llegar al estadio, cuyos alrededores eran un hervidero de gente. Miles de mods a pie o sobre  motos Vespas y Lambrettas lucían su indumentaria acreditativa con mayoría de parkas.



La apoteosis

Entrar en el legendario Wenbley me impresionó. El césped cubierto por una gigantesca lona acolchada se iba poblando, al igual que las gradas, de público.  Faltaba una hora para el concierto y con las acreditaciones al cuello tocaba orientarse para encontrar la zona de abastecimiento. En esa estábamos cuando, una azafata, al ver nuestro despiste nos conduce a un palco reservado para la prensa internacional y compartido con personalidades del mundo de la música, que tenía  acceso directo a un pub privado. Perfecta organización. Bocata y cerveza amenizan la espera en el pub. Al salir de la zona de avituallamiento más de 100.000 personas –cifra publicada por la prensa al día siguiente– ya abarrotaban el césped y los graderíos del  “santuario” futbolístico convertido en rockódromo para la ocasión.



Delante, una pareja de exhibicionistas  amenizaban la espera con unas bajadas de pantalones, para enseñar el culo, que eran jocosamente aplaudidas por los espectadores en general  y de los españolitos, poco acostumbrados a estas visiones culinarias en público, en particular. Con puntualidad británica, Nils Lofgren abre el fuego musical, tras ellos aparecen en escena The Stranglers y  Wembley empieza a botar.






A la media hora, el grueso de la expedición española ya estábamos cogiendo sitio en el pub para refrescarnos con unas birras lagers mientras asomábamos la cabeza por las gradas para ver como iba el concierto. Visita al váter para al y hallazgo en un rincón del mismo de un extraño artilugio con formas de vidé  con dos  asas metálicas incrustadas en el mismo, nunca visto hasta la fecha. Pronto salgo de dudas sobre su utilidad al observar como un corpulento individuo entra apurado y se agarra con fuerza a las asas para devolver la pastilla: ¡era un vomitorio!

El vecino de al lado


Tras el hallazgo, me encamino a mi asiento y lo encuentro ocupado por una persona, cuya cara me resultaba muy conocida. Hecho mano de mi inglés por señas  tratando de explicar que aquél era mi sitio y tras disculparse pasa a ocupar el asiento de al lado. Al acabar la actuación de Stranglers y mientras se prepara el escenario para la llegada de AC-DC, nueva bajada al pub donde coincido con mi vecino de localidad, que me saluda con un gesto de cabeza. Pregunto a Mariscal Romero, que formaba parte del grupo de comentaristas musicales españoles, si sabe quien es y me saca de dudas: “Es  Mark Knopfler, de Dire Straits.

Ocupamos de nuevo los asientos y con tan insigne vecino me preparo para recibir unas buenas descargas de rock. Salen a escena AC/DC y el estadio se alborota. A medio concierto vuelvo a estirar las piernas en dirección al pub, que está lleno. Pido un bocadillo para comer y otro para llevar al palco incorporándome al  reprise final de AC/DC (Live wire, Shot down in flame, Walk all over you, Bad boy boggie, The Jack, Highway to hell,  Whole lotta rosie,  rocker), durante el que invito a bocata a Knofler quien, sonriendo amablemente, pasa ... pero no solo del bocadillo sino de todo el mundo, siguiendo atentamente con unos prismáticos  las evoluciones del grupo.



Cambio de back line  y nueva visita al pub, cada vez más concurrido, donde me encuentro a Mariscal Romero luciendo camiseta de los Who. Le pregunto dónde se compran. Me dirijo a la zona de merchandising del concierto y vuelvo con un surtido de prendas conmemorativas de este histórico concierto: camiseta, sudadera, gorra y, cómo no, una parka mod para mi hijo, por entonces estaba enrolado en las filas mod.

El estadio era todo un espectáculo. Sentado en mi localidad me recreo observando el magnífico ambiente hasta que un apagón de luz deja totalmente a oscuras el recinto, que se ilumina con el bramido de decenas de miles de personas ante la inmediatez de la salida a escena de Los Who, que durante dos horas inundaron la  catedral del fútbol inglés con sus canciones más sobresalientes (Substitute, I can’t explain, Baba O’Riley,  Magic bus, Pinball wizard, See me-Feel me, Long live rock, My generation, Summertime blues, The real me) y levantaron oleadas de entusiasmo con su sonido saturado de energía. Fue un concierto apoteósico.



Mientras servidor se movía en tres ocasiones del asiento, mi vecino Mark Knofler parecía estar atornillado a él siguiendo con interés, sin pestañear, todo lo que pasaba en el escenario, como queriendo aprender de lo que veía y escuchaba. Fue todo un marathón de buen rock, con una puesta en escena apabullante, con rayos láser que barrían todo el estadio e iluminaban el cielo. Era la primera vez que veía en acción esos despliegues de efectos especiales y quedé impresionado.

Al terminar el concierto, y tras dar un apretón de manos a mi vecino, me incorporé al resto de los expedicionarios y nos dirigimos, pasadas las diez de la noche, al autocar. Cansado pero contento por haber asistido a un concierto histórico y por haberme  reencontrado con My generation, llegamos al hotel dos horas más tarde a causa del tráfico. En el trayecto de regreso negocie con Mariscal la cesión del grupo gallego de rock progresivo NHU, que había producido en el sello Abrente, a  la escudería discográfica de Chapa, el gran escaparate del rock español, de la que el era el gran jefe. Ambos sellos, Abrente y Chapa,  eran de la misma compañía, Zafiro, y la operación parecía factible aunque, finalmente, a causa de un enfrentamiento de Mariscal con la cúpula directiva de la disquera  no solo hecho por tierra el acuerdo sino que también fue el inicio del fin del ya mítico sello rockero español.
Al llegar al hotel Saúl Tagarro, el mandamás de la expedición, tuvo a bien  dejarnos  la noche libre, no sin antes darnos instrucciones para el regreso. De nuevo se forman varios grupos expedicionarios con destino a la nuite, en este caso night.

Del rock al jazz: Dizyy Gillespie




A pesar de la saturación musical, no podíamos dejar pasar la oportunidad de revolcarnos en el ambiente musical londinense y Mariscal Romero propuso, como alternativa para bajar los efectos de siete horas de rock, tomar una copa en el Club de Jazz Ronnie Scott, donde actuaba el trompetista Dizyy Gillespie. Me apunté a esa opción y para allá nos fuimos. Primero rock y después jazz. Buen menú. El club estaba abarrotado, no había ninguna mesa libre y tuvimos que hacernos un sitio en la barra desde donde escuchamos al ilustre mofletes Gillespie en un wonderful concert .


De regreso al hotel, que estaba en una esquina de Picadilly, nos sentamos eufóricos en la fuente central de la circus y entonamos unos cánticos nocturnos, a los que incorporé A Rianxeira, ante la curiosidad de trabajadoras y trabajadores del amor que rondaban por los aledaños.

A los pocos minutos, una pareja de bobbys nos reprende educadamente y solicitan que apaguemos nuestras ansias cantoras. Difícil, porque el día y la noche nos había agitado en exceso la vena musical. Siguen la ronda y nos repasan a la media hora (aproximadamente las cinco de la mañana) solicitando, ya menos cordialmente, que hiciéramos mutis por el foro. Ni caso. A los pocos minutos aparecen dos patrullas móviles que nos piden el pasaporte y señalan la dirección de los coches.

Empezamos a chapurrear inglés y explicar nuestra situación eufórica, sin éxito. Impertérritos, seguían indicándonos la dirección de los coches patrulla para llevarnos a comisaría... El amanecer empezaba a calentarse y, cuando ya estábamos a  punto de comisaría, aparece en el  lugar de los hechos el recepcionista del hotel que, alertado por el tumulto, había decidido mediar en el conflicto... Pide calma a la tropa para no enardecer el ambiente que ya andaba próximo a las exigencias de ayuda diplomática y se dirige al mandamás de la patrulla dándole todo tipo de explicaciones a la vez que solicita disculpas de nuestra parte, lo que hacemos para solucionar la crisis.


Al agradecerle la ayuda prestada, el conserje se dirige a mí y me dice en gallego: “Paisano hay que ter máis coidadiño, porque esta xente non se anda con coñas”.  Sorpresa. “Entón, ¿tí de onde eres?”, pregunto. “Eu son de Lalín”, contesta nuestro salvador, al que agradecimos vivamente su ayuda. Donde menos se espera, hay un gallego. Cierto.